Tras las pistas de “Los custodios de la piedra” de Naranjo Espinoza

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Los custodios de la piedra (Autoedición del autor, Guayaquil-Ecuador, 2018) es la nueva novela del escritor ecuatoriano Fernando Naranjo Espinoza. Él es un reconocido autor de ciencia ficción con La era del asombro (1995) y Cuídate con los coriolis de agosto (2006), además de ser uno de los iniciadores de la ciencia ficción en cómics con su serie Quil, la chica del futuro (1985), publicada en el desaparecido periódico guayaquileño El Meridiano. Fuera de estos trabajos también tiene cuentos y ensayos de o sobre ciencia ficción publicados en distintas revistas. El título del que me ocupo ahora, Los custodios de la piedra, es una novela corta.

Tal obra parte de una premisa: ¿qué pasaría si un buen día apareciese alguien que dice que viene del futuro con la expresa misión de matarle a usted? En efecto, la novela tiene que ver con un hombre, un abogado, a quien un día un “chico del futuro” se le presenta primero en sueños y luego en la realidad para anunciarle que lo matará en una fecha y hora determinadas. La cuestión, a partir de este inquieto suceso, es tratar de averiguar: a) las motivaciones que mueven al asesino del futuro; b) qué es lo que está detrás del supuesto asesinato del futuro; c) cómo hacer que no se cumpla el anuncio; d) cómo cambiar el orden de lo que podría acontecer. Y todo ello se complica más porque el asesino del futuro también le dice al hombre que luego debe ir a una semana previa de haberse encontrado en la misma línea de tiempo y de acciones de lo vivido por el abogado.

Naranjo Espinoza hila una trama en dos planos: a) las acciones del abogado para entender y lograr impedir que lo maten; b) el recuerdo de lo que hizo la semana anterior por el cual cree hallar las pistas de la amenaza que pesa sobre él. Su novela nos hace viajar en el tiempo de la memoria y el tiempo del discurrir los eventos que vive el personaje. Los custodios de la piedra nos inserta en dicha trama de manera amena y hasta cómica, pues que hay que reconocer la manera jocosa con que escribe Naranjo Espinoza, usando los modismos, las expresiones, los giros de lenguaje de los guayaquileños, esto es: un tono no tan formal, sino más bien uno que compromete al lector a entrar en los pensamientos del abogado, protagonista de la historia, abogado además medio pícaro, medio “farfullesco”, conectado con los que invaden tierras en el Guayas, hombre de la calle, el cual frecuenta lugares de arte y restaurantes caseros donde saborea platos típicos, sin olvidar que puede tener una aventurilla amorosa, no con una, sino con dos féminas casi al mismo tiempo. El modo de narrar de Naranjo Espinoza hace disfrutar los enredos que pueden resultar de comprender los viajes en el tiempo.

Porque de eso también trata Los custodios de la piedra: sobre viajes en el tiempo. Un individuo del futuro, el “chico del futuro” no solo viaja desde el futuro presentándose en los sueños, sino también en la realidad. El abogado, de antemano, lo mata, pero aquel de pronto vuelve a aparecer. Un viaje en el tiempo nos dice James Gleick en su Viajar en el tiempo (Crítica-Planeta, Barcelona, 2017), tiene la finalidad solo de “eludir a la muerte”. Tal idea parece contradecir, al menos, la trama que plantea Naranjo Espinoza en Los custodios de la piedra. Porque más bien el chico del futuro quiere asesinar al hombre del presente, para lo cual emplea una tecnología, el llamado “Confinador Cuántico”, que le permite escabullirse entre “flujos crónicos”, entre universos paralelos, entre sueños y realidades. Y con asesinar estamos diciendo “matar” al hombre del pasado, que no es él, pero tiene alguna relación con una mujer que además de existir en el futuro, está en ese presente. Tal mujer tiene una piedra, una roca meteórica. El autor nos deja con la incertidumbre de para qué sirve tal roca en la historia. Pero ese no es el asunto, aunque incluso lo proclame en el título; sino otro, relacionado con la familia.

Entonces, si mata al abogado, el problema parecería apoderarse de la dichosa piedra que una parte de los personajes de la novela la tienen sin cuidado, como si fuera una piedra más de los promontorios de rocas de Guayaquil, aunque en este caso algunos saben que es una piedra proveniente del espacio exterior. Pero, por la manera cómo va apareciendo este asunto en Los custodios de la piedra, de pronto caemos en cuenta que la piedra es un pretexto, porque hay una secta, hay una comunidad de viajeros, que además es una comunidad de custodios en cuyo centro está una anodina mujer que oficiaba de secretaria del abogado. Pero volvamos al tema de la elusión de la muerte. El viaje en el tiempo implicaría en esta comunidad resguardar el origen de una familia que, además, tiene en su poder una piedra cósmica. Desde el futuro se trataría de volver hacer aparecer la memoria de una descendencia. Y he aquí que está esa paradoja ya tan comentada en la literatura de ciencia ficción: si al viajar al pasado, se encuentra al padre o al abuelo y se le mata, ¿existirá el asesino? O, mejor dicho, ¿el ejecutor podrá matar a quien es su ascendente a riesgo de él también no existir?

Pero no es solo eso. Los custodios de la piedra entre descripciones eróticas, acciones rocambolescas, trazos de vida urbana, pone en evidencia que nosotros incluso con el recuerdo hacemos viajes en el tiempo. Se trataría de no borrar de la memoria personal lo que más ha impresionado de manera positiva, apelando, por otro lado, a lo íntimo. Naranjo Espinoza usa la idea de la pintura y de la fotografía como dispositivos de viajes en el tiempo: a través de ellos nos conectamos con el acontecimiento individual –que en el caso del abogado también tendría que ver con sus picardías–. Las representaciones de las imágenes serían mecanismos para no olvidar, para eludir la muerte de la memoria que, en el avance del tiempo, va perdiendo seguramente su consistencia.

Este nuevo asunto es puesto en evidencia por un personaje que aparece en Los custodios de la piedra y no de modo fortuito: Hari Seldon, el creador de la psicohistoria en la novela Fundación (1951) –y su saga– de Isaac Asimov. Curiosamente Seldon va a una conferencia en unas Tertulias de Ciencia Ficción en Guayaquil –estas tertulias sí existen y Naranjo Espinoza es uno de sus activos participantes–, con lo que el autor nos guiña el ojo no solo aludiendo a un personaje de ficción, sino también a que, por más ficción, él viniendo de un futuro histórico descrito y escrito, convive entre los guayaquileños o los terráqueos contemporáneos: en otras palabras, no sería raro encontrar viajeros en el tiempo reales en el mundo que vivimos.

Pero más allá de esta alusión, en su conferencia Seldon discurre sobre un cuento que se llama “Necrológica” que trata de un viajero en el tiempo cuya muerte se da por una extraña confluencia digamos familiar, cuestión que, en cierto sentido, da pistas sobre la trama de la novela. En todo caso, Seldon reafirma que los recuerdos y los sueños son mecanismos de viaje en el tiempo: son productos de o son imágenes propias de eventos que hemos guardado o se han guardado de manera extraña y que son, cuando se las recupera, es la misma Historia. Entonces, viajar en el tiempo, es ir a la Historia si la consideramos como un acontecimiento vívido y personal que, según Seldon, difiere de otra Historia que otro individuo vivió. Es claro que Naranjo Espinoza no se apunta en la línea de los posmodernos –pienso en Jean-François Lyottard y su La condición posmoderna (Cátedra, Madrid, 1999)–, para los cuales la gran Historia ya no tendría congruencia en la actualidad sino las “historias”, los fragmentos con los cuales se articulan los sentidos de la vida. Pero sí hay que decir, que, contra esta tesis, Naranjo Espinoza, se apunta a otra, por boca de Seldon: la Historia, como producto del tiempo pasado, es imposible de reunirla, de contarla con detalle, incluso para el escritor más avezado: su versión siempre será parcial. Por lo tanto, al eludir a la muerte, se tratará de rememorar lo más significativo, a sabiendas que habrá resquebrajaduras por las cuales el juzgamiento de la sociedad podría de la misma manera ser significativo. El viajero en el tiempo, como quien recuerda el pasado, o quiere avizorar el futuro, debe saber que hay un riesgo: lo que cuente o lo que vea incluso puede ser una mentira –entiéndase en este caso, una “ficción”–.

Como se constata Los custodios de la piedra es una novela corta que abre expectativas e inquietudes. El hecho que sea autoedición del autor –probablemente por la falta de editoriales en Ecuador que se abran a la ciencia ficción turbadora– impide hasta ahora que la obra pueda ser más conocida. Auguramos que Naranjo Espinoza pueda publicarla y difundirla, aunque sea por medios digitales. Y a propósito de alusiones, en una parte, en una de las aventuras erótico-amorosas de nuestro personaje, el abogado, tiene una relación con una mujer voluptuosa; ella luego le cede su rol a otra mujer. El personaje, luego descubre que en ellas hay algo y se siente traicionado y las amarra en una silla y antes de escapar, dice: “¡La doble y única mujer!” Aunque la escena sea en cierto sentido jocosa, el autor guayaquileño hace también alusión a un cuento de Pablo Palacio, “La doble y única mujer” (en Hombre muerto a puntapiés, 1927), para muchos el primer cuento de ciencia ficción del siglo XX de Ecuador. Interesante guiño también a la historia de la ciencia ficción del país. (Iván Rodrigo Mendizábal)

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