Ciencia ficción venezolana: Fedosy Santaella y una distopía

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FICHA TÉCNICA
Las peripecias inéditas de Teofilus Jones
Fedosy Santaella
Editorial Santillana S.A.
Sello: ALFAGUARA
Colección Autores Venezolanos
246 páginas
Año de publicación: 2009
ISBN: 9789801502517

 

 

 

 

“Yo soy el laberinto, yo te pierdo, yo te desespero, yo te manipulo a mi antojo. ¡Ah, los sonrientes, los de los dedos fáciles y pródigos, esos son mis preferidos! A ellos los hago volver mil veces, llenar carpetas y planillas, comprar estampillas que no existen, pagar en bancos atiborrados de gente, sacarse fotos con fondos blancos, negros, azules, anaranjados, irisados. Por mí firman mil veces, y mil veces yo les digo que esa firma no es igual a la original, que esa firma varía en esta raya, en esta curvita, que no, que no es aceptable. Bajo mi mandato, deben volver a llenar las planillas. La PG-21, la A-1, la B-12, la XXX-18, la R, la TP, la F-16, la AK-47, la C4, la UB40, la U2 (…) y todas las demás”.

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La palabra distopía proviene del griego dis (mal) y topos (lugar) y representa una sociedad (ficticia) indeseable por sí misma. Como contraparte de la utopía (del griego ou-topos, no-lugar o lugar que no existe), que representa una sociedad perfecta o ideal, una obra distópica nos advierte del camino que estamos recorriendo como sociedad. La frontera entre una utopía y una distopía depende tanto de la intención del autor como de la percepción del lector. Muchas obras catalogadas como utopías, en realidad, son distopías disfrazadas. Superficialmente vemos una sociedad aparentemente perfecta, pero los protagonistas suelen descubrir algo que no funciona, algo oculto o simplemente algo que está a la vista para cualquiera que no esté alienado dentro de esa sociedad. Por ejemplo, en Un mundo feliz de Aldous Huxley, la gente es feliz. Nosotros vemos lo que no funciona desde el principio, pues el narrador está en tercera persona y, si no recuerdo mal, es omnisciente. Y lo que no funciona es que la gente es feliz por obra del lavado mental que sufren desde su nacimiento, por la debilidad mental que sufre la mayor parte de los habitantes de ese mundo y que es impuesta por el gobierno, y por el uso regular de una droga de la felicidad. En esta novela, nuestro protagonista es un inadaptado, miembro de una de las castas superiores (y por ende no sometido a la castración de su inteligencia), a quien no le gusta mucho drogarse y sobre quién no acaba de echar raíces el lavado mental constante que el gobierno y el resto de la gente le aplica cada día. En Fahrenheit 451, aparte de la quema de libros que es la idea central, nos muestra una sociedad alienada por la televisión y la publicidad. ¿Y hoy por hoy no lo estamos, y además somos felices por ello?

Lo único que me impide decir que el ser humano ya vive inmerso en una distopía es que por definición se trata de un mundo ficticio. Pero estoy segura de que no es casualidad que la obra de ciencia ficción moderna está teñida de pesimismo. Si eso es así a nivel mundial, qué decir de la situación venezolana. Me niego a convertir esta entrada en una apología política ni mucho menos en una queja sobre asuntos sociales, económicos y políticos. Pero no deja de ser una realidad que influye en nuestra literatura. A modo de resumen desapasionado y sólo en beneficio de aquellos que no tienen idea de lo que estoy hablando, menciono que vivimos una polarización política tal que no avanza en dirección alguna, que la economía está en crisis (sobran los ingresos por petróleo, pero la gente que vive aquí no los ve, la inflación es desproporcionada y el desabastecimiento hace rato que pasó la frontera de lo preocupante) y que se observan signos de depresión colectiva en nuestra sociedad. Todo eso sin mencionar la inseguridad, que ha puesto a nuestra capital de primera en la lista de las ciudades más peligrosas del mundo. Conociendo esta realidad, paso a reseñar una novela notable de la literatura venezolana moderna. (Claro, notable desde el humilde punto de vista de quien escribe estas líneas.)

Fedosy Santaella no es un escritor de ciencia ficción. Ni siquiera es escritor de literatura fantástica. Podríamos decir que es un escritor mainstream. Sin embargo, hace sus guiños a la literatura de género. Sin ánimos de ser exhaustiva, porque no soy su biógrafa sino su amiga, puedo mencionar que ha hecho historia novelada y literatura negra, y en una ocasión se dedicó a los poemas de superhéroes. Y así, sin darse apenas cuenta, escribiendo una novela que pretendía ser una mezcla de crítica sociopolítica con humor (negro) y toques de fantasía, obtuvo una distopía bastante bien lograda. Su título hace honor a la intención humorística: Las peripecias inéditas de Teófilus Jones.

Teófilus Jones es un funcionario público de un gobierno teocrático, de un país ficticio que se encuentra al norte de la América del Sur, entre Colombia y Brasil. Comenzando la novela empezamos a conocer la situación de este país inexistente. Teófilus trabaja haciendo papeleo, atendiendo al público, recibiendo expedientes y consignando solicitudes. Su mayor placer, su fetiche sexual, es rechazar las solicitudes por cualquier detalle no cumplido. Tal y como se esperaría en este país corrupto, el usuario ofrece la “compensación” conveniente, y Teófilus, contra todo pronóstico, la rechaza. Es el único funcionario honesto de todo el edificio, pero lo es por las razones equivocadas: porque le da placer ejercer su poder sobre la gente.

Este país ficticio sufre una grave sequía. No sólo no hay agua, sino tampoco hay electricidad. Los ascensores no funcionan (está prohibido usarlos), por lo que Teófilus se ve obligado cada día a subir decenas de pisos a pie para llegar a su oficina. También están prohibidos los aires acondicionados, beber más de dos vasos de agua al día, las mascotas (todas fueron sacrificadas cuando la sequía se recrudeció) y que los hombres afeiten sus rostros. El dictador es el primero que da el ejemplo, luciendo una barba “fidélica”, y todos los funcionarios públicos están obligados a llevar una igual.

El meollo de la historia mezcla una conspiración con el gato negro del dictador, una profecía, el final de la sequía, disparos, persecuciones, el testimonio de un espejo y una gran cantidad de despropósitos muy bien hilvanados. No entro en detalles, sobre todo para no revelar detalles de la historia. Sé que a la mayoría de los lectores de esta entrada les va a resultar imposible leer la novela, pero mejor prevenir que lamentar.

Resulta curioso que en la fecha en que esta novela salió publicada, Venezuela pasaba por una sequía severa, con graves problemas en el suministro eléctrico. Recuerdo que la jornada laboral se había reducido a la mitad para ahorrar electricidad, había muchos apagones (dos años después y sin sequía seguimos sufriendo apagones constantes), incluso había apagones programados por zona (si no recuerdo mal, eran cuatro horas sin electricidad una o dos veces por semana, eso en la capital; me parece que en el interior de país el racionamiento era más severo). Lo primero que hice al leer la novela fue preguntarle al autor en cuánto tiempo la había escrito, pues teníamos varios meses de sequía; él me dijo que todo era casualidad, que la había conceptualizado nueve años antes. Visionario, Fedosy, o muy afortunado. O quizá fue la editorial que aprovechó la coyuntura. Lo importante fue que hizo su efecto, fue una novela que en los círculos intelectuales del país causó su impacto.

Usualmente, las distopías presentadas en libros y películas se derivan de las tendencias sociales actuales. En el caso de “Las peripecias…” estamos hablando de una tendencia política extrapolada hacia la dictadura. Las distopías guardan mucha relación con la época y el contexto socio-político en que se conciben: por eso esta novela hizo ruido. Por ejemplo, algunas distopías de la primera mitad del siglo XX o a mediados de siglo advertían de los peligros del socialismo de Estado, de la mediocridad generalizada, del control social, de la evolución de las democracias liberales hacia sociedades totalitarias, del consumismo y el aislamiento. Ejemplos: Nosotros de Yevgueni Zamiatin, Señor del mundo de Robert Hugh Benson, 1984 de George Orwell, Mercaderes del espacio de Frederik Pohl y Cyril M. Kornbluth, Un mundo feliz de Aldous Huxley y Fahrenheit 451 de Ray Bradbury. Otras más recientes son obras de ciencia ficción ambientadas en un futuro cercano y etiquetadas como ciberpunk, que utilizan una ambientación distópica en que el mundo se encuentra coercitivamente dominado por las grandes transnacionales capitalistas con altos grados de sofisticación tecnológica y carácter represivo. Ejemplos: Snow Crash de Neal Stephenson, Traición de Scott Westerfeld y La chica mecánica de Paolo Bacigalupi. Otras distopías son presentadas como utopías en su visión superficial, pero a medida que los personajes se adentran en la misma descubren que el aparente mundo utópico mantiene ocultas características propias de las distopías que resultan indispensables para su funcionamiento. Estas distopías suelen estar pensadas para advertir sobre los riesgos de la manipulación mediática o política. También se podrían incluir las ficciones postapocalípticas, como La carretera de Cormac McCarthy. Según su temática, Las peripecias… pertenece a la primera categoría.

Según el papel que desempeña la sociedad distópica en sí misma, las distopías se clasifican en puras e indirectas. Las distopías puras se centran en la lucha del protagonista contra el sistema social, legal, económico, cultural o político. Ejemplos: Nosotros de Yevgueni Zamiatin, 1984 de George Orwell, Un mundo feliz de Aldous Huxley o V de vendetta de Alan Moore y David Lloyd. Las distopías indirectas utilizan el sistema sólo como escenario de fondo para el desarrollo de la trama. Ejemplos: Blade Runner de Ridley Scott y Ensayo sobre la ceguera de José Saramago. En el caso de Las peripecias…, en mi opinión, estamos tratando con una distopía indirecta, pues Teófilus no está luchando contra el sistema, sino más bien cumpliendo órdenes presidenciales. Y, sin embargo, al final… Teófilus se exilia de un país en donde ya no es bienvenido.

Según el tipo de dominación política, podemos encontrar distopías polares, religiosos y científicas. En las sociedades polares conviven una élite rica y poderosa junto con una gran masa de trabajadores desposeídos. Ejemplos: Neuromante de William Gibson, Leyes de mercado de Richard Morgan y Mercaderes del espacio de Frederik Pohl y Cyril M. Kornbluth. En las sociedades religiosas, el poder lo ejerce un caudillo carismático que es el proveedor y dominador absoluto de la sociedad. Ejemplos: Nosotros de Yevgueni Zamiatin y Los amantes de Philip José Farmer. Las científicas garantizan la estabilidad a través del bienestar absoluto o la manipulación mental de sus habitantes. Ejemplos: Un mundo feliz de Aldous Huxley y Matrix de los hermanos Wachowski. Las peripecias… califica de forma evidente en la categoría de distopía religiosa.

Con esta entrada espero haberles mostrado una obra desconocida fuera de nuestras fronteras, y mostrarles un poco de lo que hacemos dentro de esta república no tan ficticia como la de Teófilus.

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