Los zombis, el futuro: sobre “Los murmurantes” de Páez

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Debemos al escritor ecuatoriano Santiago Páez una prolífica y fundamental literatura de ciencia ficción. Él es uno de los autores que le ha dado un nuevo sentido a la ciencia ficción ecuatoriana y latinoamericana, imprimiendo una mirada acaso antropológica o acaso social. Sus obras, cada una, son lecturas que inquieren, que motivan al debate por los temas y las insinuaciones de nuevos caminos a través del campo literario. Una nueva novela es la que ahora nos ocupa, por demás sugerente: Los murmurantes (Cactus Pink, Quito, 2020). Esta tiene que ver con zombis.

De Santiago Páez se conocen: el libro de cuentos de ciencia ficción, Profundo en la galaxia (1994); y las novelas, dentro de este género: Shamanes y reyes (1999), Crónicas del breve reino (2006) y Antiguas ceremonias (2015). Antes comenté sus obras, también de ciencia ficción: Angelus Hostis (2012) en “‘Angelus Hostis’: el ángel de la historia atrapado ante el futuro dominado por la red” –aparecido en Amazing Stories el 26/03/2015 y reproducido en Ciencia ficción en Ecuador, el 4/04/2015–; y Ecuatox® (2013) en “Ecuatox® o la distopía del país imaginario” –aparecido en Ciencia ficción en Ecuador, el 23/11/2014 y luego vuelto a publicar en la revista Cartón Piedra de El Telégrafo, el 15/12/2014–. Un estudio sobre Crónicas del breve reino forma parte de la tesis doctoral de mi autoría próxima a publicarse.

Por lo indicado, Páez pertenece a una generación de escritores que renuevan la literatura ecuatoriana a partir de la década de 1990, introduciendo temáticas nuevas desde la perspectiva de la ciencia ficción. Él también ha incursionado en otros géneros como el policial, la novela social y también la literatura juvenil. Los murmurantes es una propuesta provocativa sobre una generación que, vista desde la mirada del distanciamiento cognitivo de la ciencia ficción, ubicada en un futuro, más allá del 2050, se ha tomado el mundo llevándolo a la transformación.

El argumento, grosso modo es este: estamos en un Ecuador posapocalíptico, cuando los zombis, seres que son producto de una procreación y contagio, pueblan y destruyen todo lo que queda de vivo. Quito se ha dividido entre dos fortines, el uno regentado por los sucesores de una comunidad religiosa de ultraderecha, del Mundus Dei, y el otro, por una orden soldadesca de vocación jesuita. La principal personaje, una numeraria de la prelatura del Mundis Dei, Macarena, tiene una misión al ir hacia una región donde hay una asociación hermana, entregar una carta y retornar. Claro está que el camino es complicado, pero ello no le impide reflexionar sobre el lugar de donde proviene, su familia y sobre su padre, un temible supernumerario; es así como intima con un soldado jesuita y tras conocer un dato, ambos emprenden otro camino, hacia otra zona de Ecuador, donde otra comunidad religiosa guarda con celo el cáliz sagrado de Jesucristo, el ya mítico santo Grial.

Uno se puede preguntar por qué esta novela tiene énfasis en lo religioso, considerando las alusiones a dos comunidades religiosas, una que tendría que ver con el Opus Dei, prelatura personal, y otra, con una orden religiosa ya tradicional o histórica, la de los jesuitas. Salta a la vista que Paéz que en su novela perfila a la primera, con otro nombre, acaso futurista, Mundus Dei, como anticipación de lo que puede llegar a ser un grupo religioso dogmático y que mantiene en la novela tiene un reducto en Quito donde sus miembros viven como en la edad Media: es decir, una sociedad de castas o clases, donde la familia es regentada por el hombre, donde la mujer debe sufrir el castigo solo por el hecho de ser el presupuesto de todo pecado, donde incluso se castiga con la muerte al que sale de las convenciones que se deben guardar. ¿No está Páez representando con esta formación social, con ciertas organizaciones religiosas, incluso soldadescas, los extremismos religiosos que han retornado desde finales del siglo XX y en el siglo XXI y que pretenden reordenar el mundo toda vez que se piensa que tal mundo está corrompido supuestamente por el pecado, signado por el materialismo y la falta de fe y donde el cruce social y cultural ha hecho que se pierda incluso la noción de familia?

Entonces lo primero que debemos hacer notar de Los murmurantes es la constatación crítica sobre la preeminencia de los dogmatismos o los extremismos religiosos los cuales, por paradójico que sea, serían los que, en efecto, desatarían el apocalipsis actual y futuro. Parecería que Páez nos estaría insinuando que el posapocalipsis es la consecuencia de todo un proceso en el que el dogmatismo religioso se ha ido afianzando y que amuralla a la sociedad en guetos donde se instaura, a la fuerza, el orden a la fe a Dios y a sus preceptos, hecho que se estaría dando más o menos, y de forma soterrada, en el mundo andino gracias a los grupos religiosos de derecha. Si en Europa el islamismo ha desatado una especie de guerra silenciosa con la pretensión de ampliar la guerra santa para reevangelizar al occidental, lo que está en ciernes es qué tipo de sociedad se formará en el futuro fuera de las fronteras de los países que profesan el islam. Una cierta literatura de ciencia ficción sobre el auge del extremismo religioso ha empezado a ocuparse de dicho asunto, empezando por Sumisión (2015) de Michel Houellebecq.

Oliver Roy en su libro El Islam en Europa (Universidad Complutense, Madrid, 2006), cita a Max Weber señalando que en esencia toda cultura es religiosa, sea tal cultura occidental u oriental. Lo que estaría pasando hoy en día con el multiculturalismo, en opinión de Roy, en las sociedades occidentales, es que los distintos grupos étnicos se identifican con diferentes religiones y, supuestamente, existe un “diálogo” que garantiza la permanencia de Occidente. Sin embargo, señala también que, particularmente en Europa, bajo la figura de la asimilación, las culturas migrantes están transformando las culturas nacionales y con ello los valores que las sostienen. Estos dos horizontes prevalecen hoy en día en tensión, pero Roy advierte que, con el surgimiento de los extremismos o radicalismos, lo que estaría pasando de forma radical es que lo religioso se estaría desvinculando de la cultura como respuesta a la globalización, al consumismo, al materialismo: se trataría de una negación de las culturas de origen y, por lo tanto, de la reafirmación de que lo divino-religioso debe volver a imperar. Este fenómeno, en todo caso, no solo concerniría al islamismo, sino también al cristianismo, por cuanto lo que se ve ahora, incluso en asuntos políticos, es la presencia de grupos religiosos que ya no reclaman vocería, además presencia vital en el poder, pero no al modo de la antigua forma de religión que determinaba al poder, sino de la religión que en el presente se postula como el poder mismo dentro de la vida social.

Digamos que las palabras de Roy son pertinentes para la figuración futurista de Páez respecto a lo que puede pasar en el mundo andino. Una novela peruana, Mañana, las ratas (1984) de José B. Adolph ya había puesto la pregunta en cuanto a qué pasaría si triunfase una revolución de facciones religiosas cuando el neoliberalismo imperaba y cuyo propósito sería aniquilarlo y reemplazarlo tomando en cuenta ciertas de sus posibilidades: la deshumanización del trabajo, el control social, el aprovechamiento del capital, etc. Ahora Páez nos pone en un escenario posterior: en el mundo supuestamente del futuro –como la proyección del presente– cuando el imperio religioso ha sucumbido al mal, ha procreado los engendros de zombis, destruyendo la existencia humana. Esto habría llevado a que las facciones religiosas radicales tomen el gobierno de regiones, incluso haciendo experimentos con animales en el supuesto que estos destruirían a los zombis. Lo representado en Los murmurantes es el mundo es de grupos religiosos divididos –sin que ello signifique otra forma de imperio– y de grupos de zombis.

¿Y cómo estaría caracterizado ese mundo de facciones religiosas radicales en la novela Los murmurantes? Ya se ha indicado brevemente. El del Mundus Dei –por no decir, el del Opus Dei–, claramente radical. Esta prelatura ha refundado una parte de Quito, en una zona en la que se han asentado ya por décadas, en Rumicucho, renombrándola como Nueva Jerusalén. La férrea disciplina de sus miembros no es discutida: se castiga a la esposa por “vaga”, se debe tener votos de castidad hasta llegar al matrimonio, impera la autoridad masculina, además que hay un ordenamiento social al modo de castas; si hay otros que no pertenecen a la orden, estos son considerados como distintos, como si fueran los parias de tal sociedad. Por su parte, el de los jesuitas, narrado a través de la voz de otro personaje que se encuentra en el camino con Macarena, de nombre Xoel, soldado perteneciente a dicha congregación; esta congregación sería de científicos y que han fundado una universidad, la de San Gregorio Magno, donde viven, rasgos por los que se sugiere que tienen una base social dedicada al estudio, a los libros, a los laboratorios, al conocimiento; se reconoce, por otro lado, que sus experimentos con animales produjeron que estos se vuelvan feroces gracias a las mutaciones producidas en su ADN. Frente a estas dos formaciones religiosas, también está representada una supuesta orden de los Hermanos Hospitalarios de la Última Cena, que viven en un monasterio en un pueblo cerca de Cotopaxi, con la misión de guardar el Grial; ellos tienen el dominio de los cantos gregorianos; sin embargo, se han convertido en caníbales. Se puede decir, entonces, que en Los murmurantes Páez simboliza tres formaciones religiosas, tres formaciones sociales: una, caracterizada por su visión etnocentrista –se dice en la novela que los del Mundus Dei descienden de quienes se sienten “europeos puros”– y conservadora; la otra, cientificista, con visión más cercana a una formación que reconoce al diferente –se hace notar en la novela que Xoel deviene de un sector subalterno y que es formado con cariño por un Padre–; y el tercero, una agrupación con vocación monacal, anclada en los tiempos primitivos de la Iglesia. El escritor, sin duda, aunque no toma partido por ninguna formación religiosa, sí enfatiza el carácter radical del Mundus Dei. La personaje de Macarena, en cierto sentido es reflexiva sobre la naturaleza de tal prelatura, preanuncio de una formación intolerante y sectaria.

Y quizá acá cabe un apunte que hay que hacer respecto al renombramiento del asiento donde convive tal sociedad extremista, Mundus Dei, la Nueva Jerusalén. Parece no ser casual además la representación de tal formación religiosa ligada a la constitución de una nueva ciudad posapocalipsis. En este sentido, hubo ya en Ecuador una discusión que nutrió las tensiones entre liberales y conservadores en el siglo XIX. La discusión comparaba Jerusalén y Babilonia, discusión parangonable con aquella que, en otros ámbitos, a nivel latinoamericano, se hacía con relación a la tensión entre civilización y barbarie. Marie-Danielle Demélas e Yves Saint-Geours en su estudio, Jerusalén y Babilonia: religión y política en el Ecuador 1780-1880 (Corporación Editora Nacional e Instituto Francés de Estudios Andinos, Quito, 1988) plantean que el debate apuntaba a que si se debía sostener un Estado nacional donde prevalezcan los valores y la fe cristiana, que llevaría a la instauración de una “política cristiana”, o se tendría que atender a la propuesta de un Estado y sociedad de naturaleza laica que estaba determinada por lo que se denominaría la “política del mundo”, donde los valores además estarían orientados por la ciencia. Aunque se quiso zanjar este debate con el surgimiento del Estado propugnado por el gobierno conservador de Gabriel García Moreno en el siglo XIX, el liberalismo finalmente se impuso. ¿No es acaso esta tensión la que también aparece sugerida en la novela de Páez?

En dicha novela, sabemos que la propia Iglesia católica ha desatado el apocalipsis mediante una extraña unión abominable entre un Papa y una mujer cadáver, además amante o esposa de un gobernante ruso, de la cual emergieron los zombis –quizá acá en este hecho también encuentro un guiño al segundo cuento fundacional de ciencia ficción ecuatoriano de Juan León Mera, “El alma del doctor Moscorrofio” (1887), sobre un médico liberal, una especie de doctor Frankenstein ecuatoriano, el cual, por sus obras e invenciones cae en el infierno y ayuda a engendrar políticos que saldrán a desbaratar la política ecuatoriana; el primer cuento de este doctor es: “Los prodigios del doctor Moscorrofio” (1887)”–. Tras la expansión de la sociedad de zombis, sociedad, por otro lado, aún sin rumbo fijo, por la novela inferimos, como hasta acá lo he sostenido, que el mundo está dominado y dividido por órdenes religiosas, siendo la más prominente una que es extremista. Pero lo que se nota también es que, en este mundo de órdenes religiosas, al modo de la tensión entre liberales y conservadores, el jesuitismo es más liberal, y el del Opus Dei, de conservadores; estos fundan la Nueva Jerusalén como utopía de un sistema que se opone al conocimiento real, al trabajo científico y que pretende restaurar la fe a fuerza de la opresión. Macarena, que sale al mundo exterior rodeado de zombis, va aprendiendo de lo que ha quedado de la diversidad, va reflexionando sobre la naturaleza de su procedencia hasta desencantarse y va encontrando el sentido de la vida intentando enamorarse del soldado sacerdote jesuita. Sin embargo, ella está en el borde de una forma social que cuestiona, que comienza a ver con ojos distintos, con ojos azorados el mundo que viene.

Entonces, ¿cuál es ese mundo que viene? Páez hace una notable contribución a las novelas sobre zombis, tratando de plantear una vuelta de tuerca. Distinto a aquellas que tienen como base el terror y la violencia irracional que se desata con la presencia sangrienta de los zombis, incluso apelando a la estética gore, Los murmurantes tiene una peculiaridad: los zombis ecuatorianos vagan por las tierras, por las ciudades destruidas, por las afueras de los guetos cristianizados, recitando poemas, murmurando piezas largas y cadenciosas de trozos de literatura universal. La voz recitativa racional de los personajes que recitan ciertos pasajes de obras del fundador de la prelatura personal del Opus Dei, José María Escrivá de Balaguer, parece irónica, hasta sin sentido; esto frente a las “murmuraciones” “zombiescas” de pasajes de obras de César Vallejo, Rosario Castellanos, Wallace Stevens, Georg Trakl, Percy Shelley, Rafael Alberti, Emily Dickinson, Fray Luis de León, Efraín Jara Idrovo, Danny Torres Estrella, T.S. Eliot, Walt Whitman, Constantin Cavafis, Pier Paolo Pasolini, Dylan Thomas, William Shakespeare y un largo etcétera. Los pasajes poéticos que recitan los zombis en coro, mientras deambulan por los parajes quiteños y ecuatorianos, otorgan una significación distinta a la temática de los zombis y a la misma literatura con este tipo de personajes. Lo que me lleva a afirmar, tomando en cuenta el argumento de Los murmurantes que el mundo que viene es el de los zombis.

Pero hay que decir tácitamente que la pregunta sobre cuál es ese mundo que viene aún no está respondida. Porque una cosa es la literatura gore sobre zombis y otra donde estos, pese a que pueden ser mostrados como grotescos monstruos, como terribles entidades que comen a vivos, si no hasta matarlos, por lo menos infectándolos, son formaciones sociales “nuevas” tal como sugiere la novela de Páez. Y la peculiaridad es que tales zombis tienen un conocimiento poético latente y que es reproducido en sus andares. Xoel le dice a Macarena, en referencia a estos: “[…] no están muertos porque se mueven, se alimentan y tienen una actividad mental y espiritual: los hemos oído, los zombis murmuran”. Por lo tanto, son seres cuya vida esta signada por otro tipo de estructura, si se quiere, biológica o bioquímica e inclusive biocultural. Xoel, cuando señala que los que creen en Dios o tienen fe no se infectan, no se vuelven zombis, indicando que los que se tornaron en tales eran agnósticos o ateos, estaría señalando que el horizonte futuro de la humanidad está entre aquellos que reclamarían la religión como base de la existencia, frente a aquellos que reclamarían la poesía que se vuelve vital para la constitución de otro tipo de sociedad.

La tensión estaría entre la vida racionalizada por la religión y la vida signada por la creatividad poética o literaria. Aunque nos parezca extraño que los zombis de Los murmurantes reciten y reproduzcan extensas obras poéticas y quedan embelesados por los cantos gregorianos o los cantos de los locos, lo que está en juego en esta representación es un conocimiento-red compartido socialmente por siglos y que ahora intenta horadar la racionalidad que se postula como fe ciega a un orden divino. José Fernández Gonzalo en su Filosofía zombi (Cátedra, Barcelona, 2011), dice que el “zombi es el otro que me devuelve mi reflejo, un reflejo empantanado por la degradación de la carne”; en otras palabras, el zombi refleja el “miedo a mí mismo”. El extremismo religioso no reconoce al otro, por su diferencia, por sus connotaciones que contradicen a los postulados en los que el conservadurismo se ha encerrado; por lo tanto, ve al otro, al diferente como zombi que amenaza su existencia. Si hay esta primera idea, otra que subyace en la obra de Páez es que ese otro tiene para sí un conocimiento y una espiritualidad a la par distintas. Si comprendemos que lo poético, en tanto poiesis, significa un hacer, como el crear, como el organizar y equilibrar las cosas, estaríamos pensando que el nuevo zombi tiene para sí una potencia que se relaciona con el hacer, con palabras, un nuevo mundo, o volver a hacer o crear al mundo. El potencial de lo poético, además como naturaleza esencial del ser humano, sería la base de la existencia de esa nueva comunidad que estaría en gestación y que hoy los llamamos los zombis.

Los zombis son los jóvenes, las nuevas generaciones, los millennials –aunque nos cueste reconocerlo–; los miramos día a día caminando pegados a los celulares, desentendidos muchas veces de la realidad. Y aunque se critique que ellos parecieran alejados de la vida social, de la política, lo que trasunta el simbolismo de la novela de Páez es que en el mundo posapocalíptico, pese a que reine el extremismo, la otra fuerza, acaso más desestructurante, será de estas nuevas generaciones para los cuales la ideología, la religión, las instituciones sociales, aunque marcas de un tiempo pasado, no tienen la misma significación, incluso ignorándolas de plano. Es así como leemos en la novela frases explicativas dichas por Xoel a Macarena: los zombis “son seres en mutación: cambian tanto corporal como mentalmente. En lo corporal, su piel, sus carnes y sus vísceras tiene el aspecto de materia podrida, pero no están en descomposición; son como crisálidas de una nueva forma de los cuerpos humanos que aún no se ha manifestado del todo”. O “no tienen individualidad, [cuyos] murmullos, escuchados atentamente, son parte de un solo discurso dicho, […] un solo discurso a coro que contiene toda la sabiduría humana y toda la experiencia de nuestra especie mezcladas con nuevas maneras de ver el mundo, que nunca nadie había pensado antes”.

Contra toda esperanza en volver a la fe ciega que postularía el fundamentalismo religioso, en Los murmurantes, Páez sabe que el mundo actual-futuro de zombis es una epifanía, una manifestación del obrar de Dios que ni los teólogos ni las religiones tradicionales y sectarias consideran. Por ello, la idea de que los zombis son seres en mutación, crisálidas que además contienen, que conllevan al futuro una pesada carga cultural desentendida esta de las religiones institucionales o de creencias incluso falsas, tal como presupone asombraba Macarena. El poder de la poiesis es precisamente el poder de la transformación, de llevar a que una nueva semilla se torne en una entidad que además tendrá el poder no solo de crecer, sino también de expandirse libremente, si se piensa en el modelo de rizoma tal como lo reflexionaron Gilles Deleuze y Félix Guattari en Mil mesetas (1972). A tal poder de red, completamente laico, es lo que teme precisamente el dogmatismo religioso. Páez introduce, sin duda, un tema rico por discutir.

Finalmente hay que decir que Los murmurantes es una novela amena. Su escritura lleva a que nos introduzcamos en la historia que narra. Páez combina los momentos de tensión con los momentos de reflexión, muy en tono del camino del héroe. Si es que hay que comparar esta novela con las anteriores, habría que decir que es una propuesta distinta centrada ahora en pensar la cultura de ese mundo por venir. (Iván Rodrigo Mendizábal)

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