“Mi amigo Quyllur”: una fábula de ciencia ficción ecuatoriana

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Dirigida al sector de la niñez y la adolescencia va la opera prima de Renato Mendizábal Guillén, Mi amigo Quyllur (Letrasview_ec, 2019), novela de tono fabulesco y fantástico en el contexto de la ciencia ficción. Precisamente en la portadilla interna de la obra se lee: Mi amigo Quyllur: una historia fantástica que te hará soñar… Por lo tanto, desde el principio su autor declara que la novela está escrita para quienes quieran dejarse llevar por una aventura que además permite fantasear un mundo y sus relaciones.

Mi amigo Quyllur tiene un argumento sencillo: desde un planeta de cristales, donde impera la apatía o la tristeza, se ordena una misión para buscar una solución a su curiosa situación social interna. Su gobernante envía una flota de naves a la Tierra, guiados por las inscripciones y los detalles que ofrece el disco de oro –se infiere– del Voyager, lanzado al espacio hace ya años desde nuestro planeta. La cuestión es que la misión es encarada por el hijo del rey gobernante, Kiro, el cual, por todas las trazas, es un inquieto adolescente, es un curioso del espacio exterior, además de ser un travieso. Kiro, por lo tanto, se aventura a la Tierra y termina en la Mitad del Mundo, en Ecuador. Deja tres cristales encargados a tres niños, cada cual de diferentes condiciones sociales y problemáticas que ellos viven. La idea es observar a estos niños, que además están en el momento de convertirse en adolescentes. Kiro, el cual será apodado por uno de los niños como Quyllur –en quichua–, luego los reunirá para evidenciar sus logros y falencias sociales y espirituales.

Hasta acá, se puede decir que Mi amigo Quyllur es una novela que intenta figurar un mundo realista, visto desde la mirada del extraterrestre, de una entidad no-humana, siendo este, además, un niño-adolescente. La impresión que trata de plantear Mendizábal Guillén es la un Quito (Ecuador) con sus diferencias, con sus clases sociales, cada cual con sus conflictos internos y personales. En esta medida, se constata la intención formativa del autor al querer representar socialidades que serán vistas a través del ojo de otro niño del espacio exterior. Es así que nos hacemos la idea de un niño lustrador de zapatos, vendedor de caramelos, cuyos magros ingresos sirven para mantener a su reducida familia, su Mama-abuela; o un niño de alta sociedad, a quien no le falta nada, por lo que su comportamiento es claramente prepotente con sus semejantes y su familia; o el de una niña, cuyos padres son empresarios y, en la práctica, la han desatendido debido a la cantidad de viajes que realizan.

¿Qué es lo que tenemos con este conjunto? Se trata de constatar que los tres protagonistas deben reaprender, deben darse cuenta de sus potencialidades y de su manera de ser. El extraterrestre, cuando toma contacto con ellos y les entrega sus cristales, también quiere de aprender de esos otros niños. Mendizábal Guillén muestra a los habitantes quiteños-terráqueos como individuos que tienen valores y problemas de los más comunes, de los más manidos. De eso va el sentido de, por lo menos esta primera parte de la novela: el conjunto de niños debe hacernos conscientes de quiénes somos, de cómo se vive la vida, de cómo hay quienes son más responsables que otros. No está demás decir que Kiro-Quyllur domina unas tecnologías de poder, puede mimetizarse, hace gala de una energía innata. Es en esta primera parte de Mi amigo Quyllur que el autor despliega un ejercicio narrativo al estilo de un cuento de aventuras un tanto fantasioso que se confronta con la realidad de los personajes.

En la segunda parte, Mi amigo Quyllur Mendizábal Guillén hace un cambio de eje al transportarnos, de retorno al planeta, el llamado Planeta de las piedras mágicas. La idea es representar ya con detalles el modo de vida, el hábitat, las condiciones de existencia de sus pobladores. Cuando uno de los niños ha quedado en estado de coma, su alma es transportada a dicho planeta y es allá donde el lector, a partir de los ojos de esa persona, la niña que ha quedado casi muerta en la Tierra debe darse cuenta del tipo de sociedad distinta a la suya.

De este modo, lo que interesa mostrar de ese planeta, pese a las piedras mágicas, es que todo está ritualizado, hay bienestar para todo el mundo aunque todo está determinado por una orden que no se puede o no se quiere romper, lo cual afecta a las relaciones, a la psicología individual y al desarrollo afectivo de los habitantes: entonces, no hay amor, no hay amistad, no hay relaciones verdaderamente “humanas”, imperando una racionalidad científica, con el resultado de la conformación de un mundo gris, triste y peor aún, sin familias. Los niños son clones separados de sus progenitores. Acaso quizá esta representación es un modo de actualizar algunos de los planteamientos de Platón en La República.

Considerando lo dicho, el ejercicio comparativo entre las dos partes es interesante para mostrar dos tipos de mundos posibles. Es el recurso clásico de la narración utópica, con la diferencia –respecto a narrativas del siglo XIX, donde la utopía estaba fuera de la Tierra, en otros mundos, en otros planetas más organizados o “civilizados”–, que es en la Tierra, pese a los conflictos sociales, a la diversidad socioeconómica, donde hay utopía, en tanto en el Planeta de los cristales mágicos, se ha instalado una especie de distopía, claro está no con las condiciones deprimentes de las distopías clásicas –particularmente las del siglo XX–: con más propiedad, lo que representa Mendizábal Guillén, con el Planeta de las piedras mágicas, es una antiutopía.

La idea de que al lector se le lleve a comparar mundos es para valorar lo existente y la realidad que se vive. En la Tierra las diferencias sociales, los problemas de familia pueden marcar las relaciones entre individuos; por el contrario, en el Planeta de las piedras mágicas, la ausencia de la familia, por lo tanto, de afectividad, hace que la existencia allá se vuelva triste y monótona. Claro está que la novela de Mendizábal Guillén se decanta luego por soluciones fabulescas, gracias a la amistad de la niña terrestre y el niño extraterrestre, Quyllur. La comparación, de este modo, es didáctica, quiere enseñar a los niños o adolescentes que aprendan a valorar la familia, la unidad, la relación y el respeto entre semejantes. Tal el sentido que el autor de Mi amigo Quyllur imprime en su obra.

Es interesante evidenciar, en este contexto, que Quyllur, el apodo que uno de los niños da al extraterrestre significa en quichua “estrella”. Se requeriría de una estrella, digamos extraña, distinta, para iluminar el cambio que debe hacer un niño hacia la adolescencia. Incluso el autor lo declara al inicio de su trabajo:

“Esta historia comienza en un anochecer despejado…

“Si miras hacia el cielo… y observas en lo más profundo del firmamento, ¡lograrás ver una estrella brillante! Sí, ¡una estrella llena de magia y encanto! Y junto a ella encontrarás… un pequeño planeta…”.

Se nota en Renato Mendizábal Guillén a un educador. No sabemos si lo es, pero en el corolario de su libro, se dice que su trabajo es el de un contador de historias, pero un contador cuyo público son sus hijos…, es decir, es un padre que educa a los valores.

Mi amigo Quyllur contiene ilustraciones de Erick Mendizábal. Los diseños no son tan elaborados, reflejando que fueron hechos con herramientas de computadora muy sencillas, tanto en color como en blanco y negro. Fuera que la parte estética adolezca de un estilo artístico que pueda ofrecer más connotaciones a los lectores –pienso en El Principito (1943) de Antoine de Saint-Exupéry, obra que, por otro lado, resuena en la novela ecuatoriana que comentamos–, digamos que incluso tal presentación gráfica puede ser intencional, precisamente porque es al público lector que parece preferir el escritor: niños y adolescentes en etapa de crecimiento. Por otro lado, el libro es de una editorial quiteña también nueva, Letrasview_ec: a ella, a sus editores, no obstante, la inversión en el libro, hay que recomendarles el cuidado editorial, la observancia de ciertos errores idiomáticos. Independientemente de estos aspectos, pensamos que Mi amigo Quyllur, la representación de una amistad que enseña es una promesa. Su autor incluso ofrece continuar esta novela con alguna otra entrega. (Iván Rodrigo Mendizábal)

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