Réquiem para Tahínus: la aventura por un mundo nuevo

Portada de la novela chilena Réquiem para Tahínus (2015) de Fabián Cortez González.
Portada de la novela chilena Réquiem para Tahínus (2015) de Fabián Cortez González.

La novela chilena Réquiem para Tahínus (Puerto de Escape, 2015) de Fabián Cortez González es el motivo del presente artículo. Se trata de una obra que invita a reflexionar gracias a una trama ágil e interesante acerca de los derroteros de la humanidad en un mundo futuro donde ha habido una catástrofe y quienes sobreviven, generaciones después libran una guerra incomprendida la cual debe tener un fin en algún momento.

En efecto, la novela es acerca un mundo en el que los animales casi se han antropomorfizado, no obstante hay comunidades de seres humanos a quienes ellos desdeñan y los llaman los “pálidos”. Su aparente sentido de superioridad es la causa que entre ellos prevalezca rivalidades y territorialidades muchas veces pagadas con sangre y muerte. Uno de ellos, de aspecto leonesco, el terraconte Nekut, salvado por una pareja de humanos, a la final les seguirá en su periplo, a la par de comprender lo que él considera como extraños comportamientos: las expresiones de amor, de cariño, de cuidado entre ellos. Solo el seguirlos implicará un recorrido a través de ese mundo destruido para aprender más no solo de la humanidad, sino sobre todo de lo que pasó y de la existencia actual de la que él es testigo.

Estamos en un planeta futuro, la misma Tierra que ahora se llama Tahínus. La narración nos hace percibir el paisaje natural y salvaje, a su vez que las ruinas de las antiguas ciudades, sobre las cuales o fuera de ellas, los seres animalescos han formado sus comunidades políticas. En ellas se establecen mandos y rencillas, a la par que un sentido guerrero que es lo que justamente tanto Nekut como la pareja, Hanna y Humar, enfrentarán en dirección de llegar a un destino.

La estructura de la novela es la de formación o de educación donde el personaje central aprende. Nekut es un aprendiz en su comunidad, pero él emprende el camino por fuera de esta. Los humanos también deben reaprender, porque si bien les une el amor, asimismo deben llegar a comprender quiénes tienen un sitial destinado en el orden de la naturaleza porque lo han leído en escrituras antiguas y comparten entre ellos leyendas.

Por ejemplo, el encuentro de los tres viajeros con una nueva comunidad de orden acuática, la de los Aquarontes, les hace ver que ellos tienen una misión que está en relación con el antiguo mandato de los Superiores, los creadores de todo el orden viviente. Pues, si el mundo sufrió por causa de los anteriores humanos y llegó una era de caos donde se sacrificaron muchas vidas, se sabe que hay un santuario donde se preserva la simiente que volverá a restituir el equilibrio del planeta y se pasará a otro tiempo, más prometedor donde no exista la guerra entre especies.

Como buena novela de acción, Réquiem para Tahínus tiene personajes que tratan de impedir que la misión se cumpla, no tanto por un deseo perverso, sino cuanto por la ambición y el poder que tienen y los ciega. Un alado, Akracar y sus huestes son una especie de ejecutores del orden del mal; metafóricamente las otras especies, confundidas, tienen que ver con el bien. Akracar es un ser rencoroso y soberbio; no obstante finalmente acompaña a la comitiva de los humanos, terracontes, aquarontes a la búsqueda del santuario, creyendo que con ello se terminará la confusión y la guerra reinante.

Lo interesante es que la novela a partir de acá se torna en reflexiva, porque nos damos cuenta que si ha habido destrucción es por la misma soberbia y ambición humana, la cual ha llevado a que el planeta se extinga y sean los creadores supremos los que hayan querido dar un fin a su obra. En cierto sentido hay ecos bíblicos en esta imagen, cuando el Dios antiguo trata de eliminar a la humanidad enviando un diluvio y un cataclismo. Pero si vamos más allá de esta representación, encontraremos que ese mismo orden divino ha sido construido por el ser humano.

FabianCortez
El autor de la novela Réquiem para Tahínus, Fabián Cortez González.

De este modo, el Santuario Kartadria es una suerte de lugar protegido y a la par un emplazamiento donde se guarda la esencia de todo. En el modelo de la novela de formación, todos se dan cuenta allá de lo que les organiza, del sitial que les ha sido destinado, de la responsabilidad que tenían cada cual en el orden natural de las cosas: toda seña conduce allá y es ahí donde recogerán enseñanzas, además de que será el emplazamiento donde ellos se refundarán. Una de las preguntas latentes que se suscita en dicho santuario frente a sus guardianes –de hecho su portavoz es el Mensajero– es el tema del alma, es decir, por qué los seres que han quedado en el planeta no tienen alma. Cabe indicar que la respuesta del Mensajero del Santuario Kartadria se relaciona con que cada una de las especies ha librado su propia guerra, ha sobrevivido y ha permitido la vuelta de la naturaleza a Tahínus –antes la Tierra–, hecho que les convirtió en guardianes de un proyecto más amplio, “divino”, con implicancias en el restablecimiento medioambiental. En este contexto, la necesidad de un alma pareciera algo anodino porque este forma parte de los vivos; el Mensajero les hace notar que todos los sobrevivientes existen, ocupan un espacio y respiran, mientras el alma es lo que permite que un ser esté conectado con un cosmos.

Carl Jung en “Acercamiento al inconsciente”, contenido en su libro El hombre y sus símbolos [1964] (Caralt, 1977) plantea que la “pérdida del alma [implica] una rotura perceptible […] una disociación de la consciencia” (p. 21). La pregunta por el alma en la novela de Cortez González tendría que ver con dicha afirmación. Pues los seres existentes y sobrevivientes, incluso los humanos, aunque tengan imágenes de lo divino, aunque tengan leyendas que les cuenten de su devenir, en su trágica historia han perdido, o se han disociado de la conciencia cósmica.

De este modo, la novela muestra un tema actual alrededor de la pregunta del alma, pues se puede equiparar el materialismo o el nihilismo, o incluso el relativismo cultural y social con la existencia actual de la humanidad. La guerra es una excusa frecuente, como medio de poder, dizque para restablecer un supuesto orden, aunque este es primordialmente el del capital y los intereses que se suscitan en su seno. La alentada discordia entre culturas, mediante el uso ideológico de las religiones lleva, como en la novela, en una tensión constante donde cada especie se ha visto comprometida con su propia existencia y cuidado de su territorio. Lo paradójico de este hecho es que la humanidad ha devenido sin alma, es decir, sin conciencia de su propia condición y existencia dentro del orden natural de las cosas y del universo. Y eso es lo que trata con mucha sutileza Cortez González porque en su novela los seres problematizados por los miedos y por las amenazas, en efecto, demuestran esa rotura perceptible de la que habla Jung, de ese disociación de la conciencia hasta su corrupción, de la que además tampoco son conscientes: ellos son producto del desastre ocasionado hace tiempo por el propio ser humano. ¿Y cómo lograr nuevamente esa “alma?

Quizá en lo anterior hay un cierto homenaje a El maravilloso mago de Oz (1900) de Frank Baum, sobre todo cuando cuatro especies van a preguntar por algo que les falta a un supuesto ser superior. En la novela Réquiem para Tahínus el viaje de formación les hace comprender a las especies, incluidos a los humanos que las guerras, que la destrucción, que el egoísmo, que la soberbia les ha hecho olvidar algo que en potencia lo tienen y no lo reconocen, el cual es el factor para se restablezca verdaderamente la simiente, promesa que esperan todos tras llegar al santuario.

Las señas de amor, de cuidado, de cariño, de compromiso, de volver a un estado de infancia constante es lo que evidencian la pareja de humanos; eso llama la atención al terraconte y en cierta medida a los otros. Y eso es lo que de algún modo reclama el Mensajero para volver a tener alma. Solo Akracar el más obstinado y el menos espiritual encontrará la causa de las desgracias en los seres humanos más no el origen de la vida cual es el amor no solo fraternal, sino también espiritual, objeto que está como tema central en la novela. En tono de Jung, su desenfrenada carrera por restaurar el orden por la fuerza y su malévola inquietud por tener el poder, demuestra a un tipo de sociedad por cuya alma disociada, se ha tornado neurótica. La muerte, por lo tanto, como recurso fácil en las sociedades guerreristas, esconde en realidad esta disociación con la vida, con el cuidado de la vida, con lo espiritual. En este sentido, la novela es altamente reflexiva. La cuestión del amor, en definitiva es la llave de acceso de una nueva humanidad y a una nueva existencia.

Hasta acá la trama puede hacernos pensar más bien en una novela de fantasía, cuestión que no es un demérito. El punto de conexión con la ciencia ficción es precisamente tal santuario donde se guarda la futura simiente con especies futuras que volverán a repoblar Tahínus. A lo largo de Réquiem para Tahínus se pronuncia la palabra Ubim. Con esta al principio se nos hace pensar en una especie de líder o de un fundador de algo.

Pues bien Réquiem para Tahínus se sitúa muy bien en la ciencia ficción por ciertos motivos: a) porque logra un distanciamiento cognitivo y establece un novum, en el mismo sentido de la tesis de Darko Suvin en Metamorphoses of Science Fiction (Yale University Press, 1979); en este sentido, demostré cómo una fantasía posapocalíptica nos conecta con la realidad actual de un mundo sin alma, de un mundo materialista que ha destruido y sigue destruyendo a la misma Tierra con el deterioro medioambiental, producto este de la explotación capitalista de los recursos; el novum, por este motivo, es la cuestión de hasta qué punto eso tiene consecuencias con la existencia planetaria; b) porque, tomando en cuenta este motivo, el autor conecta la creación de las especies a un proyecto anterior humano donde se preservó la semilla de todas las especies, gracias a la inteligencia artificial; en realidad el novum de la novela es que no toda la humanidad es lo es que es puesto que la salvan otros individuos más conscientes, personas con responsabilidad de su entorno, seres más espirituales y más conectados con lo esencial de la vida que, aprovechando la tecnología han podido salvaguardar para el futuro lo necesario para la nueva existencia de otro tipo de humanidad.

Los Ubim, de este modo, no son más que “unidades biomecánicas”, diseños tecnológicos hechos por seres humanos, cuya finalidad era justamente esa: la de proteger a la naturaleza que tendría que restaurarse. En ese sentido, los ubim debían ser guardianes –sin alma–, seres artificiales, especie de cyborgs animales; el problema es que dada su antropomorfización, les hizo parecerse a los humanos, al punto que empezaron a imitarles, causa de que el estado de cosas siga así hasta el momento del encuentro con los guardianes del santuario. ¿El ser humano al imitar inconscientemente, irracionalmente, es causa de sus transformaciones y de sus perversiones?

La idea de los diseños tecnológicos con fines de preservación futura de la vida es un punto interesante en la novela. Y no solo ello, también la idea de una comunidad que salvaguarda para un futuro la nueva simiente. Es evidente que esto nos pone un montón de preguntas dentro de la ciencia ficción. En este sentido, la obra de Cortez González es sugerente. Pues toda empresa simiente tiene el riesgo de caer en manos que la puedan desvirtuar, o que la necesidad de refundar la humanidad, como motivo utópico, está siempre en el corazón de todo proyecto espiritual. El mismo ser humano, cuando se tecnifica, cuando pierde su naturaleza por efecto de esta tecnificación, termina destruyendo lo que la ha dignificado en algún momento. Lo más importante de estas puntualizaciones es que, si los seres han sido diseñados como “tecnologías” corporales con finalidades concretas, y si estas han sido corrompidas, es evidente que mediante ellas se pierde todo proyecto. La novela pareciera decirnos que el mismo ser humano pudo haber sido creado para cumplir una misión que implica el equilibrio con el entorno cósmico; el problema, sin embargo, es que dicho ser –nosotros– perdió en algún momento su naturaleza y su espíritu convirtiéndose en lo que este es hoy: el mayor depredador de todo.

En este contexto, habría que indicar, considerando las anteriores ideas que Réquiem para Tahínus es una apuesta filosófica que vale la pena no dejar pasar.

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