Un viaje al mundo espiritual marciano

A Danish film from 1918 has been restored, a unique contribution to film called A Trip to Mars

Poster original del filme de 1918.

Viaje a Marte (Himmelskibet) es un viejo filme de ciencia ficción danés de 1918, dirigido por Holger-Madsen, una rareza que fue restaurada, según los reportes, en el 2006 y puesto en el mercado en dvd. Actualmente también está disponible en varias redes, particularmente en YouTube en el canal U Little Film, con la siguiente dirección: https://www.youtube.com/watch?v=1G98WC3kRFA. Internet Archive también la ha almacenado como un acervo en: https://archive.org/details/ATripToMarssilent. El propio Instituto Danés de Cine que propició su restauración, igualmente la ha dispuesto por streaming en: https://www.stumfilm.dk/stumfilm/streaming/film/himmelskibet

Pero yendo más allá de estos datos georeferenciales, lo interesante de esta película es su orientación. Estrenada originalmente en febrero de 1918, se conoce que resultó una singularidad en el contexto del desarrollo del cine danés, toda vez que se enfocaba a un viaje inédito a un planeta. Pero, también se sabe, que el filme tenía una clara intención pacifista, cuando la I Guerra Mundial había ennegrecido los cielos europeos y existía el clamor por una mentalidad que busque un nuevo equilibrio con un espíritu que refleje el lado bueno o el positivo de la humanidad.

Poster original del filme diseñado por el artista Sven Brasch.

Viaje a Marte tomó como base un manuscrito, Himmelskibet, escrito por el poeta y dramaturgo danés Sophus Michaëlis, que luego se convirtió en una novela con el mismo nombre. Tal título –como el mismo del filme– se puede traducir como “La nave del cielo” o “La nave celestial”, siendo el objeto de la historia, en efecto, el diseño de una nave espacial, una especie de avión sideral, con la misión de ir a Marte, a contactar el planeta hermano. Lo que parece como una misión espacial de contacto termina siendo una misión para aprender de otra cultura, de otra mentalidad, de otra civilización, la idea de la paz y de la unidad humana. Se trataría, entonces, de una historia de aprendizaje. Para ello el director se encargará de hacer la comparación necesaria entre el lado “malo” de la humanidad frente a los atributos de una humanidad distinta. Esto lo hace cuando la misión se topa con una civilización, mucho más desarrollada, que ha renunciado explícitamente a la guerra, a las armas, a la destrucción y a la muerte.

La película tiene precisamente ese rasgo que identifica a lo que es una utopía extraplanetaria. Para que se comprenda lo que es una utopía es claro que se debe partir mostrando algunos aspectos de la sociedad actual donde se puede notar determinados problemas. Así, en la Tierra, cuando ya existe una sociedad de bienestar, las tecnologías son de uso eficiente, el avión es la culminación de todo el desarrollo tecnológico humano, la vida está determinada ya por una anomia hacia el asombro, lo que cabe es la “conquista” de otro mundo: el aburrimiento de tal sociedad de bienestar implica la expansión “colonial” del proyecto humano. Pero todo discurre entre competencias, entre apetencias, entre envidias, entre apuestas. Madsen, el director, y el escritor Michaëlis –además este apoyado por otro cineasta y productor, Ole Olsen–, se encargan de mostrar este mundo de la Tierra como autosuficiente, científico, racionalista, donde las cosas de la vida se pasan por alto, donde la trascendencia ya no es el punto vital, sino solo la conquista material o la conquista del honor. Sin embargo, hay un juego de poderes matizado con una especie de juego romántico que tiene que ver con el amor en la Tierra comparado con el de Marte. Por lo tanto, un tema por donde Madsen intenta deconstruir la vida fútil terráquea es a partir de lo amoroso, siendo este el eje por el que luego se tratará de mostrar los diversos poderes en juego: poderes de tipo económico, científico, de logros materiales y de reconocimiento social.

Fotograma de Viaje a Marte (Himmelskibet) (1918) de Holger-Madsen.

Si la vida en la Tierra se ha tornado como muy “fácil”, por ese estilo de existencia sosegada, determinada por el materialismo, en el viaje iremos dándonos cuenta del mismo modo de la debilidad humana frente a un proyecto ciertamente científico y frente a al reto de compartir con los semejantes. El viaje a Marte en la nave espacial es una especie de desafío de convivencia, es la síntesis de la idea de que la armonía humana podría no ser posible en tanto estaría primando el individualismo y la excesiva especialización. A veces nos parece el ambiente que Madsen representa en el interior de la nave asemeja al de una fábrica donde hay operarios serviles y hay mandatarios empresarios. Es claro que todo derive en la rebelión como si fuera la culminación de esa “lucha de clases” que se perfila en el interior de la nave y que se salda cuando esta se aproxima a Marte y, ante ello, ante semejante acontecimiento, todos se arrodillan ante la providencia –que no es necesariamente la idea de Dios–. En una parte del filme, el capitán, previo al viaje, evoca y se compara con Colón y su proyecto de abrir las fronteras conocidas aún a riesgo de la burla y el escarnio, es decir, la rebelión y que luego se compensará con el hallazgo de nuevas tierras.

Ahora bien, ¿dónde más se revela las contradicciones del tipo de humanidad materialista? Es en Marte, cuando los tripulantes se encuentran con los marcianos, unos humanos espirituales que se autocalifican de avanzados en miles de años respecto a los humanos de la Tierra. Tal “comunidad” marciana es una de seres que visten casi celestialmente, con togas, con diademas, con flores en la cabeza: pareciera una nación de hadas y de sacerdotes en un verano eterno en las tierras de Marte. En el momento que los terráqueos, inocentes, aparentemente, quieren compartir sus comidas porque descubren que los marcianos son veganos, y les ofrecen vino y comidas enlatadas de animales, los anfitriones ven eso como algo extraño y, a la vez terrible. Esto se agrava cuando uno de los viajeros terráqueos de la nave saca su pistola y mata a un pájaro que sobrevuela para explicar el origen de la comida terráquea. Es ahí donde Madsen y Michaëlis muestran que el acto de matar, la misma carne como recurso material, es el componente básico de la vida y de la economía de la Tierra –es decir, la caza, la depredación, la cosificación de la vida, la producción armamentística…–. Tal hecho tiene la finalidad de denunciar el carácter de los humanos: violentos, viscerales, irracionales y hasta irresponsables de sus actos. Y con ello, a la par se pretende señalar que una sociedad “superior” –en este caso la marciana–, se constituye cuando renuncia a la muerte y la economía de la muerte.

Fotograma de Viaje a Marte (Himmelskibet) (1918) de Holger-Madsen.

A partir de este incidente Viaje a Marte se torna didáctica. Se trata de representar la plenitud de una sociedad arcádica, donde el ser humano ha vuelto a unirse con la naturaleza. Esta lo provee de todo, de los frutos, del agua, del aire, además que propicia la unión y el descanso espiritual. Los terráqueos son juzgados por traer a Marte los rasgos de su corrupción. Pero, he aquí que aparece ese otro poder, el del amor, porque una mujer marciana mediará para que los terráqueos recapaciten y renuncien a lo que querían sembrar: la muerte, aunque su acción sea “naturalizada”. Sería esa política del amor que permite que haya reconocimiento de la culpa, haya sensibilización de los hechos, de concientización de lo malsano que identifica al ser humano, para que por fin se consiga la redención. Si en la Tierra el amor sirve para unir materialmente parejas en matrimonio y, con ello, unir fortunas, en Marte, el amor sirve para conciliarse espiritualmente, para el logro de una nueva identidad. Es claro que luego el amor marciano conducirá al encuentro romántico-amoroso y a una especie de matrimonio, el cual, simbólicamente se puede leer que es más bien una unión con la naturaleza. Madsen y Michaëlis creen fervientemente en el reencuentro con lo sensible, con lo que se ha perdido, haciendo consciente incluso de la necesidad de la renuncia de la violencia. Por algo la idea de una comunidad vegana, una que se basa en las frutas y vegetales, en la admiración y el cultivo de la naturaleza. Ese Colón del siglo XX, cuando va a Marte, en efecto se topa con una civilización indígena híperdesarrollada, una que vive en paz y en equilibrio con la tierra que le cobija. La cuestión es comprender ese otro mundo: es volver a la utopía de los mundos perdidos, de los mundos ancestrales espirituales que, para los europeos, estaba en América.

Viaje a Marte, de acuerdo con lo anotado, entonces enseña, educa, explicita los nuevos valores que deben abrazarse. En el viaje de retorno, los marcianos entregan a la mujer de su planeta para refundar la nueva humanidad, en tanto el padre irá a morir, es decir, a vivir eternamente entre los espíritus de la naturaleza marciana. Madsen y Michaëlis, de este modo, derivan su historia a un discurso pacifista, positivo, grandilocuente. El viaje a Marte no es en realidad el típico viaje científico, sino uno que conlleva el descubrimiento de una nueva voz, de una nueva identidad planetaria que debería ser la que guíe al ser humano del futuro de la Tierra. Tal nueva identidad, con una Eva marciana y un Adán terráqueo, implica la vuelta al orden natural, al equilibrio entre seres, a la convivencia sana, a una justicia basada en el perdón, al disfrute de la vida…, es decir, el volver al ser esencial de las cosas. De eso se trata Viaje a Marte: una ciencia ficción humanista, espiritualista, vitalista. Aunque sus ideas puedan sonar a demasiada retórica, quizá en tiempos actuales, su mensaje sigue vigente y, es por ello, que merece una revisión nueva.

Fotograma de Viaje a Marte (Himmelskibet) (1918) de Holger-Madsen.

Esta película hay que verla no como una curiosidad, sino como una propuesta filosófica de vida. Las imágenes son luminosas, sus personajes –aunque hoy en día puedan ser acartonados, sobrerepresentados– son numinosos: cuando actúan miran hacia fuera de la cámara, miran al cielo, es decir, tienen una mirada que quisiera buscar alguna respuesta fuera de su ser. La puesta en escena es creíble, incluso los recursos que se emplean para figurar la nave y su viaje son interesantes. Si el título original alude a una “nave celestial” o una “nave del cielo”, poniéndonos en el lado de los marcianos, diríamos que ellos ven tal nave que viene del cielo como una visita de seres a los que hay que recibir y, si cabe el caso, enseñarles. De ahí que lo celestial no tiene que ver con seres supremos, ni dioses que vienen, sino de seres, como los terráqueos, que a la final necesitan de un exterior, de un mundo exterior para que comprendan su destino. La representación visual del viaje de retorno, de este modo, es festiva, es bucólica, es llena de flores, como si fuera un himno a la alegría de la unidad futura: los terráqueos a la final son esos seres supuestamente celestiales o mejores a los que es necesario bajarles de su pedestal. Viaje a Marte, de este modo, es una ciencia ficción aleccionadora.

Una nota final: es posible que el filme de Madsen en cuanto a la imagen idílica del paisaje marciano, con su vida arcádica, con su sociedad que goza de la naturaleza –aunque la película también muestra edificios y vida urbana marciana, incluso laboratorios más relacionados con la astronomía– haya inspirado al novelista peruano Eugenio Alarco a escribir su La magia de los mundos (1952), obra de ciencia ficción. (Iván Rodrigo Mendizábal)

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