Recordando a Tarkovski desde “Zona” de Dyer

An essay on the Russian filmmaker Andrei Tarkovski, director of Solaris (1972) and Stalker (1979)

Portada de “Zona: un libro sobre una película sobre un viaje a una habitación” de Geoff Dyer.

El 4 de abril se recuerda el aniversario de nacimiento del cineasta ruso Andrei Tarkovski. Y cuando aludimos a su nombre también recordamos dos memorables filmes de ciencia ficción: Solaris (1972) y Stalker (1979), pese a que Tarkovski no le agradaba usar este término en alusión a obras que “jugaban” con la tecnología o contenían “trucos futurológicos”, tal como lo señaló en una entrevista para la revista rusa de cine Ekran de 1980. Enfatizaba allá que si había algo que pudiese aprovechar de la ciencia ficción o la fantasía era sobre todo ver “el hombre y sus problemas, su mundo, sus ansiedades. La vida ordinaria también está llena de lo fantástico”. Sobre su trabajo en la ciencia ficción, les remito a un antiguo artículo mío en Amazing Stories: “Tarkovski y la ciencia ficción” (29/12/2014) y sobre Stalker en la revista Ache: “Stalker” (12/2011). Ambos también podrán hallarlos en mi blog Ciencia ficción en Ecuador.

El escritor inglés Geoff Dyer ahora nos permite de nuevo retomar el trabajo de Tarkovski con su interesante ensayo Zona: un libro sobre una película sobre un viaje a una habitación (Mondadori, 2013). El centro del libro, se colige, es la película Stalker, la cual, según Dyer, la ha visto repetidas veces, desde que encontró en ella la fascinación por su narrativa, por su manera de imaginar el viaje, precisamente a un lugar poco común en la ciencia ficción, la “Habitación”. Zona: un libro sobre una película sobre un viaje a una habitación es un libro que no es teórico, tampoco una reflexión filosófica, ni el estudio de su guion (a partir de una obra de los hermanos Arkady y Boris Strugatsky, Picnic junto al camino (1971)). Se trataría de un libro vivencial que expone la relación, llamemos “existencial”, de Dyer con Stalker y, a partir de esto, con Tarkovski.

Poster original de “Stalker” de Andrei Tarkovski. Fuente: Imdb (https://imdb.to/2Jvee9d)

Porque Stalker en el fondo es una película de ciencia ficción que va más allá de este género, donde Tarkovski cumple con el propósito antes citado: su argumento toma el viaje de unos hombres hacia el corazón de la “Zona”, a una Habitación, como acercamiento los problemas del ser humano, sus ansiedades, bajo una cierta pregunta esencial: ¿qué es lo que se desea en la vida? Dyer hace una lectura comentada del argumento y va hallando además signos que le llevan a reflexionar sobre su vida, sobre su familia, sobre su pasado, sobre sus recorridos literarios, sobre el mundo mismo.

Zona entonces es un libro doble: Stalker evoca un momento de la vida de Dyer, muestra su pasión por esta película, a la par que da cuenta de ciertos rasgos que están detrás de la historia narrada por Tarkovski. El método: un libro-ensayo, un libro-comentario, con largas notas al pie que son, a la par, un paratexto del mismo libro. La idea: hacernos viajar, como Dyer lo hizo, como Tarkovski lo diseñó, hacia la Habitación con el único propósito de preguntarnos acerca del objeto de dicho viaje.

Stalker es la historia de un hombre que conduce a otros dos a través de la “Zona”. Inmediatamente sabemos que la “Zona” es un emplazamiento al que se entra de forma subrepticia, escapando los rigores de un control policial o militar que acaso resguarda el lugar. Sin embargo, tal Zona no es siquiera un lugar paradisíaco; al contrario, nos damos cuenta que es un entorno que ha sufrido alguna transformación producto de alguna cosa exterior. De ahí que el paisaje sea entre salvaje y tórrido, cuyo follaje esconde o hace que se mimeticen fantasmáticas estructuras, edificios de alguna fábrica o de un pueblo abandonado. Adentrarse a ese mundo es desde ya fantástico. Porque es un viaje por un paisaje de ruinas, donde uno tiene que preguntarse no su naturaleza (y ahí Tarkovski trata de evadirse de la ciencia ficción) sino lo ha que ha movido a esos viajeros a querer llegar a la “Habitación”.

Andrei Tarkovski. Foto tomada de Wikipedia (https://bit.ly/2UAq2NQ)

Dyer habla de este viaje. Primero como cine, donde la cámara y el plano lleva a que creamos que el viaje es largo, lento, trabajoso. El cine de Tarkovski tiene un planteamiento que él mismo lo reflexionó en Esculpir en el tiempo (Rialp, 1996): “Si se aumenta la duración media de un plano, te aburres, pero si sigues alargándolo, despierta tu interés, y si lo haces todavía más largo, emerge una cualidad nueva, una intensidad especial de la atención”. Esto lo recoge Dyer para dar cuenta que para ver Stalker uno tiene que ser consciente que no lo debe hacer como cualquier otra película, peor si es de esas de fórmula comercial. Tarkovski obliga a que en su cine uno se centre en la intensidad de la imagen, en la intensidad del mismo viaje, silencioso, con muchas preguntas, con nulas respuestas, con gestos a veces vacíos o con detalles ciertamente anodinos. Dyer da cuenta que el viaje hacia la habitación debe ser respetando tal tiempo intenso, ese tiempo esculpido. Dice: “Stalker es un viaje literal que también es un viaje que también es un viaje al espacio cinematográfico y –a la vez– al tiempo”. Seguramente quien quiera ver ciencia ficción dinámica, con acción y efectos especiales abandonará la sala inmediatamente comience la película.

Luego Dyer nos habla de la vida familiar de ese “stalker”. Sí, aunque poco amigable, gruñón, desaseado, como quien no quiere más meterse en la zona, el stalker, una especie de guía conocedor de los secretos de la Zona, tiene una familia, tiene una esposa y una hija. Su misión, sin embargo, no es con ellas. Pero sabemos que ellas lo esperan, quieren verlo volver de aquel emplazamiento al que no pueden ingresar. Estamos en los linderos de la Zona. Acaso un pueblo, una ciudad metalúrgica, ferroviaria, industrial. Pero una cualidad de la imagen que resalta Dyer es que el fotograma no es “bello”. Tampoco decadente, sino oscuro, con claroscuros, donde incluso un foco titila como queriendo llamar la atención en el bar donde se encontrarán los tres hombres. En cierto modo, se podría decir, que la “familia” momentánea del stalker son esos otros dos hombres: un profesor y un escritor, un hombre de ciencias y un hombre de ideas.

La entrada a la Zona es para Dyer lo mejor de la historia del cine. Un largo plano, un travelling, donde vemos la cabeza del stalker y el fondo del paisaje, con la lentitud del carro… y luego el cambio de color. Dyer sugiere que tal cambio, que implica además la salida del mundo habitual a otro rarificado, asemeja al de El mago de Oz (Victor Fleming, 1939). Y antes ya nos había sugerido que la salida de aquel mundo concreto, traspasando los alambrados y el control militar fronterizo asemejaba el deseo de Tarkovski de salir, de escapar el agobiante mundo carcelario instaurado por Iósif Stalin y que se mantenía, con variantes menos cruentas con Leonid Brézhnev cuando estaba filmando Stalker. La sugerencia de Dyer es, acaso, clave en sentido de comprender que Tarkovski sentía que no tenía toda la libertad creativa para hacer cine y que estaba sujeto siempre a una censura por lo demás agobiante dada la burocracia imperante. En otras palabras, él estaba haciendo cine fuera de las convenciones y exigencias que el aparato estatal soviético exigía. Y probablemente es por ello que Stalker se haya constituido en una especie de película maldita, malograda en su proceso de filmación, realizada con recursos hasta cierto punto escasos, lo que en el camino hizo que los propios hermanos Strugatsky tomen la decisión de quitar todos los elementos de ciencia ficción que su obra original contenía, hecho agradecido por Tarkovski según Dyer.

Ahora bien, la Zona es un lugar “normal” nos dice Dyer. Los cienciaficcionarios lo veríamos como un lugar posapocalíptico, producto de una devastación nuclear, o el choque de un meteorito. En este sentido, Dyer incluso nos recuerda que, sin pensarlo, Tarkovski se anticipó (y esta palabra resuena mucho en la ciencia ficción), a los sucesos de Chernobyl del 26 de abril de 1986, el accidente nuclear que llevó a que una ciudad y una región entera se desaloje y entre en cuarentena hasta el día de hoy. La “Zona” establecida, en efecto, hizo que una región en el norte de Ucrania, sea cerrada, la cual, con el transcurso del tiempo, hasta la fecha, se habría repoblado con diversas especies, acaso muchas de ellas mutantes, acaso otras que se adaptaron a la radiación, haciendo que la región sea algo semejante a un vergel posapocalíptico. Pero volviendo a Stalker y la Zona ficticia, una que había sido abandonada tras unos bombardeos, el lugar donde van los tres hombres de la historia, en esa misma se dice que también Tarkovski, su esposa y otros miembros de su equipo adquirieron una enfermedad relacionada con elementos químicos. El director ruso, a partir de la experiencia con esa Zona, comenzó a enfermar; sabemos que su muerte fue años posteriores producto de un cáncer cerebral. Dyer, siente, considerando los hechos y contextos señalados que “a lo largo de todo Stalker se dejan sentir temblores del futuro”.

La Zona de Stalker con su normalidad, sin embargo, es inquietante y, dentro de la historia, es el motivo de un culto para Dyer. Y eso es a lo que se aboca el viaje del escritor y del profesor de la mano del stalker. Pero para nosotros, como es el mismo caso experiencial de Dyer, la “Zona es la película”. Y es acá donde coincido con él. Pues Stalker, lo confieso, es la película de las películas, es la ciencia ficción de la ciencia ficción. Dyer dice que la ha visto en varias ocasiones y cada vez que la presentan en alguna sala, incluso cuando coincide con algún viaje, él prioriza su visionamiento sea donde sea. Claro que hace una disquisición, cuando dice que no es lo mismo verla en cine que en dvd o en televisión. En Ecuador es difícil verla en cine pero si es posible conseguirla en dvd. En mi caso, independientemente del formato, Stalker es una película cultual: si la he visto muchas veces es, como Dyer, porque uno desea entrar a la Zona, un emplazamiento normal que tiene sus propias contingencias, un espacio sobre el que nos hacemos preguntas. La ciencia ficción sirve en este caso, para pensar ideas trascendentales.

Fotograma de “Stalker” de Tarkovski.

Y ahí se halla el sentido del manejo estético del plano y de la imagen donde todo se dilata. La idea es hacer que no haya tiempo real, tampoco espacio real. Es como entrar a un paisaje de suspensión. Para el cine de acción y de efectos especiales computarizados, si Stalker fuera una superproducción, todo se resolvería mediante el montaje (Dyer incluso nos advierte que Tarkovski aborrecía el cine de montaje): unos personajes viven una aventura fantástica metiéndose en un carro, llegan a un lugar, caminan, encuentran una habitación abandonada y luego se vuelven. ¿Lo notaron? Incluso la Zona se reduciría a unas cuantas tomas, unas caídas, algún animal extraño, la sensación de una pesadez, las caras de los personajes y cuando ven la Habitación, listo, todo se ha resuelto. Dyer dice: “¿Por qué no podemos ir directamente a la Habitación? Llegaríamos en cuestión de minutos”. Tarkovski nos pone en la Zona no como serie de rutas por recorrer, sino como espacio atemporal, como tiempo inespacial. Stalker es eso: una película sobre el viaje a una zona interior, a una zona propia del Ser.

Entonces Dyer nos hace caer en cuenta que en tal emplazamiento todos nosotros somos unos peregrinos y se sabe que el peregrinaje es ir hacia el campo, ir hacia la naturaleza, viajar para salir de lo cotidiano: ir a otra normalidad. Las imágenes del campo, del bosque, de la naturaleza, de la lluvia están siempre en las películas de Tarkovski. El campo es la Zona-poiesis, renovación, creación, belleza que nace de lo más pequeño, del accidente. Por algo Tarkovski, en Stalker, nos hace oír la poesía de su padre, Arseny Tarkovski, confrontada con el desecho, con lo abandonado de la civilización y que ha dañado la Zona (los desperdicios…), como si la voz poética ayudara a la voz de lo natural a restablecer el orden, el equilibrio que hace falta.

Los viajantes, como nosotros, en este contexto, aún no han comprendido este hecho. Para Dyer el profesor, mente racional, su intención es medir el espacio, saber si hay milagro y analizarlo; para el escritor, la pregunta es si se puede hallar la felicidad gracias a lo que salga del encuentro con la Habitación. Razón y especulación, mente y lo sensible, en constante lucha. El peregrinaje no funciona de este modo según Tarkovski. Y este nos da pistas cuando al parecer su intención es dialogar con representaciones de lo cristiano, pero sobre todo, con la idea de “creer” en algo. Nos damos cuenta y Dyer lo sugiere, que el director ruso estaba tratando de hacer un cine que además intente develar para sus seguidores de que hay algo más que el materialismo marxista.

La apuesta del profesor y del escritor, según Dyer, es semejante a querer ganar la lotería. ¿Qué haría uno con ganarse la lotería? Las respuestas afloran y son variopintas. Entonces, cuando uno entra a la Habitación es como querer ganar la lotería: ¿no hay acaso romerías a centros cristianos para desear obtener bienes o agradecer por los ya conseguidos? Pero lo que la Habitación revela, en palabras de Dyer, es algo ontológico. Los unos van por conseguir sus deseos, pero lo que ofrece es la Verdad. Y el problema es ese en Stalker: la Verdad. Pero ¿queremos que nos sea revelada la Verdad? No esa “verdad” consumista, socialista, etc. Es la Verdad misma, Dios que está dentro de uno mismo, al cual no le hacemos caso, porque priman las invenciones, las Habitaciones, las Iglesias, donde tratamos de ubicarlo. Dyer, al respecto señala, aludiendo a unas declaraciones hechas por Tarkovski en 1971, que la Zona no era más que una invención para hablar de la fe.

Zona: un libro sobre una película sobre un viaje a una habitación, considerando lo dicho, es aleccionadora. Consigue lo que Tarkovski quería hacer: preguntar, indagar, despertar la inquietud de sí. Y lo logra. Es como la imagen final de Stalker: si una niña (se supone la hija del stalker), mediante la telequinesis, puede mover unos objetos de una mesa (Tarkovski de hecho seguía poniendo elementos de ciencia ficción, aunque diga lo contrario), y una película, mediante sus imágenes trascendentales lleva a que nos pongamos en un estado de saber qué se desea, es evidente que el libro de Dyer provoca lo mismo, porque este nos hace preguntarnos sobre la naturaleza de la Verdad, cuestión que hizo a Tarkovski el cineasta más interesante de su generación, el más trascendental. (Iván Rodrigo Mendizábal)

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